Apoderamiento

Allí estaba la María sentada en el catre. El rubio la había violado. Ese paliducho que había llegado de no sé dónde a vender pomadas. La agarró en su casa chubi desprevenida y ella, por más que habló, no pudo evitarlo. Con una rejilla, limpió su cuerpo los fluidos ajenos que al mismo tiempo se mezclaban con los propios. Mientras irritaba su piel, pensaba en qué le diría al Juancho. ¿La verdad? No podía, si hacía eso la apedrearían como a la Magda. ¿Y si se embarazaba? ¿Se atrevería a abortar? Con sus muslos sangrando, se dirigió a la tina para limpiarse el cuerpo y, ojalá, crecer uno nuevo. Sin embargo, lo más terrible para María era que alguien más estaba contando su historia.

N.F.

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