En medio del abismo

Allí estaba parada Claudia en medio de un hoyo abrumada por la gran ciudad y, a la vez, decidida a continuar con su misión. La necesidad de investigar otro bastión perdido del Viejo Mundo la había traído a este vertedero futurista. Este agujero, lleno del vómito de las máquinas que violaba la tierra desde el interior y esparcía su olor hacia los satélites, era parte de la misión de reconocimiento de la periodista. Con la libreta en su mano derecha y jugando con el lápiz entre sus dedos izquierdos, caminaba entre los apagados y apurados pasos de los transeúntes. “El Quintil Quisquilloso espera mi informe para mañana”, pensaba.

No tardó mucho en encontrar evidencias de lo postmoderno pues, ni tuvo que adentrarse mucho en la cuenca edificada para ver vagabundos usando la última tecnología en caridad. A modo de resolver el problema de los robos, de acercar la modernidad a los pobres, aumentar las relaciones entre distintas realidades y disminuir la contaminación acústica producida por las monedas dentro de los tarros, el gobierno decidió entregar máquinas a los callejeros para que la gente pudiera darles dinero usando sus tarjetas de crédito. Los atrasados, de manera acrobática, sacaban sus tarjetas de las billeteras, las deslizaban por los lectores y con gran habilidad apretaban las teclas para aprobar la transferencia; todo en menos de 5 segundos. Tomó treinta y cinco fotos con una cámara fotográfica profesional para registrar los hechos.

Después de guardar los rollos fotográficos en su bolso, decidió entrar a un consultorio para tomar registros y, además, descansar un poco del aire cargado del exterior. El ambiente era extraño. Lo primero que notó fue la helada cerámica que traspasaba sus zapatos y punteaba sus plantillas. La gente, sentada en las incómodas sillas de plástico, miraba con impaciencia el contador de la recepción. Cuando la máquina sonaba los números, con tiempos aleatorios, una persona se paraba y caminaba para comenzar lo que muchos entrevistados denominaban “un cacho”. “Te atienden como si no quisieran atenderte”, decía Margarita, “ellos piensan que les estás haciendo perder el tiempo”. “Los médicos no son diferentes. Y hacen todo lo posible para empastillarte rápido y mandarte a la casa”, decía Humberto. Luego de que Claudia transcribió las entrevistas en Braille, decidió salir del recinto.

Decidió ir a visitar a los distintos residentes de la ciudad para retratar sus testimonios. Así que con atril y pinturas en mano, fue de reja en reja gritando “aló” por toda la vecindad. La señora Berta, que había llegado a esta ciudad porque el alzheimer le hizo olvidar el camino a su ciudad natal, fue una de las primeras en ser inmortalizada en pintura. “El alcalde de ahora, el Esteban poh, era súper popular entre los jóvenes. Revolucionaba a mujeres y hombres con su pelo largo y rebelde, el que batía junto a sus ideas de cómo debería ser lo que era en ese entonces”, contaba. “Y ahora vive allá pa’ los cerros poh. Vive ocupado el cabro, es senador y diputado vitalicio también. Para verlo hay que pedir hora con su secretaria. Sólo tiene lo flaco y pelucón de antes”, decía mientras se reía. La periodista decidió utilizar estilos rococós combinados con cubismo para retratar a la animada mujer.

Finalmente, quería captar el ambiente de las personas en ambientes abiertos, así que llevó sus instrumentos de composición al parque más grande de la ciudad. Allí, personas caminando de aquí allá con celulares pegados en sus retinas buscando imaginarios concretos. “Si poh, lo conocí jugando Pókemon Go (antes de los gringos le decíamos Pokemón), fue amor a primera vista. Los dos buscábamos abstracciones cuando chocamos de frente jaja”, reía Fernanda. “Congeniamos altiro. Después, nos fuimos a la casa en Uber”, añadía Carlos. La pieza que compuso la periodista para guardar los testimonios mezclaba ritmos futuristas con letras nostálgicas e inocentes.

Si bien este lugar no tenía las excentricidades que Alexis Sastre (colega reportera) había encontrado en otra ciudad, Claudia Correa se sentía perturbada por el ambiente de normalidad que la gran capital ofrecía. Y esta sensación llevó a cerrar su informe con un baile sin música de fondo ni coreografía. Estaba bastante satisfecha con su informe y pensaba que Madame Serena le daría una aprobación inmediata. Salió contenta de la ciudad que quedó perdida en el horizonte.

N.F.

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