Defensores

             Siempre comenzaba de la misma forma. Con un artista enfrente del museo pintando su cuadro, un atleta circulándolo en vueltas y su instructor haciendo “click” por cada circulación mientras saltaba en series de diez segundos. Luego, una persona muy agitada irrumpía en la institución buscando con desesperación a su asociado, cómplice o compañero y unos minutos después las ventanas dejaban salir el olor a muerte.

            En el escritorio del profesor se encontraban las pruebas de sus estudiantes manchadas con lo que parecía ser algún líquido. El sobre estaba en el suelo y la carta en los ojos del parvulario. Firmaba el doctor. Con la carta rota en el suelo, el profesor corrió desesperado hacia el museo y, sin notar a las personas rondando la institución, irrumpió en la bóveda de antigüedades. Una corriente de aire helado fue la bienvenida del solitario edificio.

            El nombre del doctor resonó a lo largo de todo el recinto, pero sólo se encontró con las mudas respuestas de objetos milenarios. El silencio de los fríos pasillos lo hizo pensar que lo peor pudo ya haber pasado. Emprendió su camino hacia la oficina del doctor de manera muy nerviosa. Subió por los mármoles. Pasó por la exposición prehistórica. Dobló hacia el acuario y llegó a la muestra de obras censuradas. Entró en la habitación oculta conocida por los funcionarios como la pieza de las “desapariciones”. Finalmente, llegó a la puerta de la oficina del doctor. Él sabía que sería inútil, que no tendría sentido, pero tocó de todas formas.

            No hubo respuesta. Acercó su oreja a la puerta, pues le parecía escuchar algo. Un sonido extraño, pero muy parecido al que hacen sus niños cuando los está forzando. Siguió con la cabeza pegada a la entrada y con su mano izquierda lentamente giró el pomo de la puerta. Muchas veces ya lo había hecho, pero era la primera vez que no tenía idea de quién estaría al otro lado. Decidió cortar la tensión y abrir la puerta de una vez. Los ojos del profesor nunca habían estado tan abiertos y no faltaba mucho para que se parecieran a los del cuadro frente a él. Encima de la silla con olor a cigarro, estaba un retrato. La figura del abogado con un doctorado en violaciones humanas se encontraba impresa en el cuadro. El cuello del perseguidor estaba asfixiado por una cuerda roja que descansaba en la tridimensionalidad del escritorio del mismo. Los rojos ojos del reclusor también dejaban las dos dimensiones, mientras que su boca parecía pronunciar indistinguibles sonidos de sufrimiento. El profesor, espantado, dio un grito y dejó corriendo la inexplicable escena.

            Corrió con dificultad, pues sus pies resbalaban contra la congelada cerámica por las habitaciones de ingreso prohibido al público; llegó al pasillo principal y, cayéndose varias veces, corrió hacia la salida. Pero su escape fue frustrado por las tres figuras que se presentaron frente a él. Un artista, un atleta y su instructor. Él sabía pero no sabía. Ignoraba quiénes eran estas personas, pero en el fondo estaba seguro. No tenía idea de qué harían, sin embargo, se lo podía imaginar.

            Las manos del artista que olían a óleo y acrílico sostenían un cuadro en blanco que, el profesor sabía, deseaba su figura. Escuchó una ventana romperse a lo lejos y de repente, sin razón aparente, el instructor comenzó a gritar órdenes inentendibles para el profesor. Espantado, corrió hacia las ventanas para lanzarse por una de ellas (preferiblemente por la rota) pero le sorprendió que en lugar de ventanas hubiera macabros cuadros. Cada uno tenía retratado la muerte prematura de uno de sus niños. Sin pensarlo, dio dos pasos hacia atrás y el suelo se vino a él. Como si su cerebro también estuviera jugando con él, recién se acordó de que llevaba una pistola en el bolsillo. Por alguna extraña razón, no apuntó a ninguno de los tres hombres frente a él, sino que apuntó al cuadro y, como si fuera la acción más lógica del mundo, disparó con una sonrisa en la cara.

            Nuevamente dos olores rodearon los pasillos del museo; la sangre que brotaba de la nuca y del mentón del profesor, y la pólvora despedida de la pistola. En sus últimos momentos de lucidez pensó que quizás se lo merecía. Sentía con lentitud su cabeza caer al suelo esperando el descanso; sin embargo, nunca lo obtuvo. De hecho, el cuerpo ya no estaba en el suelo. El cuadro que hace un par de momentos estaba en blanco, ahora tenía retratado a un hombre que sostenía una pistola contra su cuello. En el cuadro pintada la sangre como si estuviera suelta y, en el suelo, la bala recostada en gélido suelo.

            Siempre empezaba igual. Con un artista pintando el museo, un atleta volteando en círculos y un instructor saltando en series de diez mientras le hace “click” a su cronómetro. De repente irrumpía alguien en el edificio y el olor a muerte no tardaba mucho en llegar.

N.F.

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