Transfusión

Por la ventana del hospital podía ver la ciudad. Sentía asco de la aglomeración insana, de la velocidad, del apetito de una ciudad parásito, que yacía, como ella en esa cama, absorbiendo nutrientes ajenos, por las mangueras que la penetraban. Sentía asco pero no dejaba de mirarla. Al otro lado de la ventana sucia se amontonaban las esquinas de siempre, con el mismo olor que ahora subía desde la chata escondida debajo de su cama, flotando por el pasillo, mezclándose con los olores de otras chatas y otras sábanas sin nombre. Mientras miraba por la ventana, el doctorado con puro entre los dedos entró para comenzar a vejarla. Como siempre, él apagaba el humo en las sábanas, se frotaba las yemas y con sus uñas negras comenzaba el chequeo. Corte. Un pedestal cae desde el techo y destroza una cámara a centímetros de Silvina que, pálida, responde que está bien, mientras se arranca con furia una manguera del brazo y piensa que el Turco tenía razón, la puta película está maldita.

Creación colectiva Talismán de Papel

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