Desamores subterráneos

Siempre apretados. Con el sudor del otro en la cara. Inhalando las exhalaciones del otro. Evitábamos las miradas por la incomodidad. Una voz en nuestras cabezas nos recordaba dónde estábamos y a dónde llegaríamos. Constantemente perdíamos el equilibro. Roces involuntarios. Manos locas. Ambos queríamos salir, pero ninguno podía realmente hacerlo, después de todo todavía no estábamos listos. Queríamos disculparnos, pero había un acuerdo implícito de que todo era por accidente. La despedida siempre era un alivio. Los dos hacíamos como si nada hubiera pasado y seguíamos con nuestras vidas. Mañana, lamentábamos, será con alguien más.

N.F.

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