Ellos nosotros los otros

De un tiro en la Plaza Victoria
a la bajada de pantalones en el Nacional
pasando por el manoseo en la subida a la yuta
hay
elecciones cegueras
imperdonables irreversibles.

Con cascos y con ojos inyectados en sangre
en fila perfecta por la cuneta de Pedro Montt
con la metanfetamina en las venas
la crueldad estudiada y aprendida
la mano lista en la luma
y la vista fija en la multitud
tan preparados
tan elegidos por ellos mismos
para intentar salvar lo que hay que destruir
para intentar proteger lo que nunca será suyo
para limpiar y ordenar
lo que nosotros no hemos ensuciado.

Con un escupo de guanaco en la espalda
una bomba de pintura al pavimento
un trapo con amoníaco y un miedo
grande y antiguo
pero menos grande y antiguo
que esta rabia de siglos.

Los delincuentes no somos nosotros, señora
y aunque cueste aceptarlo
tampoco son ellos:
Son los otros
(que desde allá se ven como los unos);
son los que ensuciaron esto
los que lo construyeron
con su sangre y su tiempo, señora
con la vida de usted y la nuestra
son ellos
los que construyeron
lo que urge destruir.

M.C.

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