Racismo cotidiano

Mi puesto de trabajo está en el casino del piso 13: un largo con dos mesas, las que están divididas por un biombo; detrás de éste está mi escritorio. Las conversaciones que las personas traen a la cocina cuando vienen a servirse algo son mi mayor distracción, de hecho, se escuchan las cosas más entretenidas y aberrantes. Esta vez, contaré la historia de una gerenta, quien con mucha liviandad quería hacernos sentir empatía por su problema: la gente negra.

Estaba trabajando. Tres o cuatro personas entran al comedor, entre ellas ella. Hablaron de varias cosas irrelevantes, se rieron un rato (incluso yo saqué unas carcajadas). Al parecer, la confianza se elevó a tal nivel que de pronto una bomba cayó con la mayor naturalidad del mundo: “No soporto a la gente negra”.

Silencio. Había que preguntarle el por qué, pero nadie quería. Al no encontrar una respuesta, ella se explayó: “Es algo de piel, me producen un desagrado increíble…”. Silencio. Solo la miraban, tratando de entender cómo podía decir algo así. Un(a) valiente preguntó: “Pero ¿no los encuentras atractivos? ¿No te atraen físicamente? O…”. Dejó el “o” colgando, esperando que fuera un malentendido.

“No, no, no. Me desagradan simplemente. Mira. Mi hermana se iba a casar con un negro, yo le dije que no lo hiciera porque yo no lo soportaba. Le insistí bastante, pues ¿por qué haría algo así? Pero se casó igual. Me produce una “cosa” que yo ni siquiera la mano le puedo dar”. Silencio. “Más encima, tuvo un hijo. Y yo no sé qué hacer con mi sobrino, no sé cómo tratarlo cuando lo invito a mi casa, porque es negrito. Por supuesto que tengo que recibirlo, pero no lo soporto. Más encima se mezcla con mis hijos, es horrible”.

Silencio otra vez. El ambiente estaba bastante tenso. Yo seguía trabajando, atento a la respuestas de mis compañeros. Solo dejaron salir unas risas nerviosas entre los “no puede ser para tanto” y “cómo tanto”. Al rato se fueron de la cocina y sólo quedó una compañera de trabajo que me comentaba “cómo puede haber gente tan tonta, esta está hueca”.

El resto del día seguí trabajando, mientras trataba de darle sentido a la situación. Todo tenía sentido si me imaginaba en un reunión con personas vestidas de trajes blancos y gorros puntiagudos.

 

N.F.

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