Hitler tenía razón

Estaba almorzando en el casino (mi oficina) junto con otras cuatro personas, todas sentadas sobre dos mesas largas separadas por un biombo. Yo hice espacio en mi puesto de trabajo para una compañera. Las otras tres personas estaban del otro lado del biombo. La conversación fluyó con bastante facilidad y relajo, varias carcajadas salieron disparadas, la verdad es que, dentro o fuera del horario del trabajo somos todas personas bastante relajadas.

Al rato la conversación se divide, yo le estaba consultando a mi colega sobre celulares buenos pero no caros, porque el mío estaba muriendo, del otro lado conversaban sobre la mantención del estado a las personas en cana. Una compañera estaba particularmente enrabiada por el tema: “Les das comida, cama, cuidados médicos… si un preso sufre un accidente, tienen que llevarlo al hospital y recibe la atención primero que todos, claro, porque no pueden tener al paco esperando…”, son algunos de los comentarios que logré rescatar mientras conversaba. De los cuales, el ganador fue: “No, si… Hitler tenía razón”.

Silencio. Es uno de esos momentos en que me siento un poco decepcionado de mí mismo por no poder responder. Estaba helado tratando de entender lo que acababa de captar, recolectando toda la información en mi cabeza sobre la segunda guerra mundial para poder descifrar qué quería decir. El silencio era de todos. Pasaron unos dos minutos en donde todos estábamos esperando la explicación, ¿qué rayos quiso decir? La persona que estaba al lado mío dijo: “Ehhh… No”.  Y, como si estuviera esperando el rechazo, respondió: “Claro que sí. Los judíos le estaban quitando toda la tierra a Alemania, ellos los que nunca han tenido tierra propia…”.

No tengo problemas en admitir que la historia nunca ha sido mi fuerte, sé algunos datos, cosas generales, específicas y detalles interesantes de por aquí y allá, no mucho. Pero estoy bastante seguro de que nada puede justificar la matanza sistemática que hubo en contra de,  no solo una, sino varias etnias. El silencio siguió después de su comentario. No me acuerdo de qué pasó después, quizás alguien rompió el hielo con algún comentario gracioso a modo de cambiar el tema.  Ya cuando todos se fueron, estuve pensando en mi escritorio que no debí haber estado tan sorprendido, después de todo, esa misma persona antes había dicho: “por muy mal que suene, yo igual traería al general para poner mano dura a varias cosas en el país”.

 

N.F.

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