La ciudad perdida

Encima del edificio “Reloj y Arena”, la luna alumbraba las frías calles de la ciudad. La posición del satélite natural les indicaba a nuestras prófugas que los trabajadores públicos ya se habían ido a sus casas a dormitar. Las dos espaldas estaban pegadas a las mohosas paredes buscando a los uniformados privados que iban tras ellas. Para fortuna de ambas las calles estaban vacías, sólo la voluntad malvada de algunos gatos alimentaba la paranoia, pues los sonidos que producían eran bastante aterradores. Les puedo asegurar que ellos disfrutaban fastidiar a los humanos.

Una vez que se sintieron lo suficientemente seguras para avanzar, tomaron sus maletas e irrumpieron en lo urbano. Así como ellas corrían por las húmedas veredas, los gatos las seguían por los techos con gran agilidad, los marcos de ambos fugitivos estaban pegados en las gemas de estos animales. Lamentablemente, a diferencia de los cuadrúpedos, no sabían qué caminos tomar para salir de la urbanidad. ¡Nunca antes habían palpado estas calles!

Por supuesto que no, después de todo, las dos habían sido transferidas aquí para mantenerlas junto con los revolucionarios más revoltosos. Dentro de la cárcel, sus mejores compañeros habían sido los pingüinos, raros seres blanquinegros que las ayudaron mucho a acoplarse en el extrañamente feliz ambiente del recinto. Lo extrañaban, así era, no tenían que pensar mucho para encontrar las abrumadoras diferencias. El exterior era frío al tacto, silencioso, hostil y los habitantes andaban con el odio alzado; el interior, en cambio, era alegre, lo lúdico rondaba las literas y las flamencas ofrecían maravillosos espectáculos en el casino. No debieron haberlo dejado.

– Quizás… Es cierto que perdimos una comodidad increíble. Estar adentro fue un buen descanso, solo eso. Ahora tenemos que seguir con el plan –me contestó ella con decisión. En su mano izquierda tenía el maletín que contenía el cerebro, en su mano derecha con gran fuerza apretaba las espinas, sin importarle la sangre que llenaba las fisuras de sus manos.

De cuando en cuando se topaban con calles sin salidas, por lo que se movían rápido. La desesperación y frustración crecía en sus caras. ¿Por dónde es? ¿Cuál es el camino correcto? ¿Estaremos circulando en vueltas? Aun así no se dejaron abrumar por las extrañas rutas que la urbanidad les entregaba. Estaban decididas. Habían llegado lejos. El primer paso fue encontrar el pútrido cuerpo del alcalde. El segundo, recoger las evidencias del tirano pero, para su mala fortuna las capturaron. Un pequeño error hizo sonar la alarma de la villa privada.  

– Eso ya no importa. Está corregido. Los registros digitales ya fueron incinerados y el resto de la evidencia la tenemos en nuestras manos –me dijo la otra mujer. De su mano derecha colgaba la maleta con el corazón, en la otra con fuerza apretaba el puño de la navaja. Los felinos estaban atentos al movimiento de sus presas, no los habían notado o, quizás, lo habían hecho, pero los ignoraban por inofensivos y no como los viles seres que son.

– Esmeralda, detente. Creo que los privados andan rondando cerca, escondámonos –murmuró a los oídos de Dafne. Se ocultaron detrás de un basurero. Dentro estaba durmiendo el vagabundo Enrique, el que jamás salía de su casa por miedo a los satélites artificiales que rondaban la tierra.  

– Si nos capturan…

– No lo harán. Tenemos que esperar. Ya verás que en unas pocas primaveras los inviernos serán otoñales veranos –aseguró. Estaba confiada, ¿cómo no lo iba a estar? Es verdad que las atraparon, pero sólo fue un retraso. Después de escapar de la ciudad, sólo tendrían que encontrarse con la periodista en jefe del “Quintil Quisquilloso” en los límites del nuevo mundo y entregarle las pruebas. Desde ahí el plan marcharía sin que ellas tuvieran que seguir ocultándose.

– Exacto.

Pero… Si las capturaban… Bueno, solo bastaba que vieran el tatuaje que tenían en sus brazos para recordar por lo que tendrían que pasar.

– Definitivamente no quiero ser marcada de nuevo –dijo con miedo la mujer con las flores azules en su brazo izquierdo. Cuando los sospechosos son capturados, se usa metal caliente para marcarlos con la información sobre su crimen, de esta forma se ahorran el papeleo. Bastante eficiente, debo decir.

– ¡Y cruel! Esmeralda, creo que ya se han marchado. Podemos seguir. Mira a esos gatos, si tan solo fuéramos tan silenciosas como ellos podríamos andar por los techos –comentó la mujer con las espinas doradas en su hombro derecho.

Habían pasado tres horas desde su escape y no estaban lejos de la salida, las dos estaban alegres, ya que, si bien desconocían la ciudad, lo que vieron les aseguraba que estaban cerca. A lo lejos podían divisar a los locos que desesperadamente rasguñaban las puertas con las que alguna vez fueron uñas. Tanto tiempo han estado en la actividad, que los médicos privados ya no los tomaban en serio y, en cambio, jugaban con ellos lanzándoles migas hechas de una mezcla de cal y “remedios” a modo de curarlos de su locura.

– Todos sabemos que a esos médicos no les interesa sanar –me reprochó Dafne-. Esmeralda, deberíamos aprovechar que están distraídos, además, no falta mucho para que los contadores salgan de sus cajas para contabilizar los gastos médicos.

Decidieron que saltarían el muro que rodeaba la ciudad, subiéndose a los techos junto a los gatos, de todas formas, para cuando los ruidos movieran las orejas de sus persecutores, ya lejos estarían del viejo mundo.

– Así es. Estamos a salvo ya. El plan puede seguir. Con la evidencia que tenemos, podemos por fin develar los terribles acontecimientos que ocurren en el viejo mundo. –Esmeralda estaba confiada, tenía razones para estarlo: ya había escalado los techos junto a Dafne y saltado al otro lado de la pared. Ahora sólo tenían que seguir hacia el horizonte y encontrarse con Alexis Sastre. Estaban a salvo.

Mientras los gatos las miraban irse a lo lejos, cuervos llegaron a posarse al lado de los felinos. Las expresiones de los animales eran de felicidad, después de todo, sabían que nada cambiaría en la ciudad. Ya era tarde, no había prueba que pudiera derrumbar su sistema y, si la había, ellos sabían cómo justificar sus acciones. Después de todo, los gatos eran abogados.

N.F.

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