Todavía sin cuarto propio*

Vivimos en una sociedad orientada al trabajo, a la producción y el consumo; una sociedad en la que la presencia de la actividad literaria parece incoherente y anómala. La reacción social usual al confesar que se tiene una ocupación ligada a la literatura es, por un lado, el comentario sobre lo posiblemente agradable de tal ocupación (“¿Escribes? ¿Estudias literatura? ¡Qué lindo!”).Pero está, por otro lado, el juicio sobre el lujo, el lujo de estudiar literatura, de escribir crítica, de escribir… literatura. Se asocia el carácter contemplativo de lo estéticamente agradable con el uso lujoso del tiempo, tiempo que bajo nuestra racionalidad contemporánea podría usarse (¡aprovecharse!) en trabajar y producir.

En la Grecia aristotélica existían tres formas de vida que no podían basarse en el trabajo, pues estaban relacionadas con lo bello, lo no útil, lo no necesario para la existencia física: la política, la filosofía y la contemplación y experimentación de lo bello. Para esa sociedad, el trabajo que se realiza para asegurar la existencia biológica no posee suficiente dignidad como para ser considerado una vida en sí misma; es decir, no puede constituirse en una forma de vida autónoma y auténticamente humana, ya que sirve para (y produce) lo que llamamos necesario y útil. Cualquier existencia ligada a una vida así no puede ser libre, ya que es dependiente de las necesidades humanas.

Para hacer un salto en la historia de la existencia humana, un salto que nos pueda explicar cómo llegamos a nuestra situación actual, necesariamente debemos detenernos en la visión del mundo moderno como promesa de la sociedad perfecta, la modernidad que, en su afán de producción y progreso, nos llevó a convertirnos en funcionarios. El uso de este término según Héctor Cataldo no hace referencia solamente a nuestra calidad de trabajadores, sino también a todas las formas de obediencia sin cuestionamientos en las que nos encontramos insertos; como trabajadores, sí, pero también como estudiantes, madres, padres, hijas, hijos, ciudadanos; como piezas de un sistema, siempre en una relación de mando y obediencia con respecto a otras piezas, en una comprensión del mundo donde las relaciones se mercantilizan, ya que toda decisión o acción puede significar ganancia o pérdida (no sólo económica).

En los tiempos de Virginia Woolf, las grietas del proyecto moderno ya habían empezado a aparecer. ¿Cómo fue que la razón, la ciencia y el humanismo, los motores de la modernidad, desembocaron de alguna manera en las guerras mundiales? Mirada a la distancia, la posición de Woolf es paradójica, ya que logra ver estas grietas en el sistema y, al mismo tiempo, le asigna al cuarto propio y al dinero el carácter mesiánico de salvación de la existencia: para que haya existencia espiritual, debe proveerse primero la material. Sin sustento material no hay “progreso”, aunque estemos hablando de progreso literario.

Una mujer, hoy, tal como en los tiempos de Virginia Woolf, no puede escribir. Sea madre, hija, estudiante, trabajadora, o ninguna de las anteriores, o cualquier posible combinación de las anteriores, debe ser responsable de su sustento económico y, por lo tanto, no puede dedicarse a la literatura: no puede darse el lujo de dedicarse a ella, a menos que se den ciertas combinaciones de factores socioeconómicos (condiciones que lamentablemente, según las opiniones de algunos, podrían invalidar su creación literaria debido a la baja dificultad en la que ocurra esta creación).

Una mujer, entonces, en las condiciones de la existencia humana actual, no puede escribir. Y ya que la condición de la que hablamos es humana, podemos liberarnos de discusiones feministas en esta reflexión, y sostener que un hombre tampoco puede escribir.

Y sin embargo, se escribe. Se escribe, encontrando el tiempo, encontrando (¿inventando?) el sustento material, haciendo caso omiso del supuesto lujo.

No podemos ya, como en los tiempos de Virginia Woolf, no escribir, y no hacerlo tomando como argumento posible condiciones de género como, por ejemplo, la maternidad, pues tendríamos que usar el argumento de la maternidad como excusa para la ausencia de cualquier tipo de actividad, no sólo la literaria, y porque estaríamos haciendo caso omiso de la paternidad; pero además, y sobre todo, porque en ese caso tendríamos que reconocer que la literatura es trabajo, ocupación y actividad productiva en el sentido moderno. Maternidad o no, la mujer ya puede hablar y ha podido hacerlo hace bastante tiempo. El cuarto propio propuesto por Woolf ya no es un espacio físico; una mujer, un hombre, pueden tener un cuarto propio y sustento económico, pero no poseen el bien contemporáneo más preciado: la libertad del tiempo. El cuarto propio es ahora un lugar no físico. La mujer, el hombre, los sujetos contemporáneos, pueden hablar, y pueden ser escuchados. El problema ya no es ser hombre o mujer. El problema ahora es ser funcionario. No podemos simplemente dedicarnos a la aberración de escribir, porque debemos trabajar, y la literatura no es un trabajo, no en el sentido dado por la razón instrumental de la modernidad. La literatura es siempre una actividad secundaria, un pasatiempo, o lamentablemente, un lujo de los que tienen tiempo.

Somos funcionarios. Debemos producir. Y la literatura es una anomalía en esa ecuación. Está ligada a lo contemplativo, a lo que cuestiona, a lo que no tiene otra razón de ser sino ella misma; escribimos porque queremos acercarnos a lo sublime a pesar de que sea sublime: ese llevar lo inmaterial a la materia de las palabras y pretender por un momento que esas palabras, al llegar al lector, cerrarán el circulo y retornarán a su naturaleza inmaterial y sublime. Las palabras como vehículo de lo sublime se constituyen así en una blasfemia moderna, en un escape completo a la obediencia de funcionarias y funcionarios.

El cuarto propio ya no es sólo un problema de la mujer, como lo fue en tiempos de Virginia Woolf. Es un problema de las personas, de las que desearían alguna vez hacer algo sólo por el placer de hacerlo, no bajo una lógica hedonista ni escapista, ni tampoco porque esto signifique mayor o menor ganancia, porque pueda estar a la venta, o porque facilite de alguna manera las condiciones para la existencia material. La funcionariedad no contempla, no incluye la existencia inmaterial de los seres humanos. El cuarto propio ya no es una condición material, pues se ha transformado en una necesidad espiritual, aquella necesidad de la vida comprendida por los griegos como autónoma, no dependiente de las  ctividades que realizamos meramente para nuestra subsistencia.

Es casi una ironía que la necesidad expresada por Woolf nazca de la promesa moderna de progreso, avance y razón, donde la condición de triunfo de cualquier actividad, incluso de una tan inmaterial como la literatura, sea el dinero, la estabilidad económica, el espacio físico. La génesis de la funcionariedad a la que ha sido llevada, no sólo la literatura, sino también toda actividad humana ligada a lo contemplativo o puramente intelectual, puede ser encontrada en la escuela como institución de la sociedad moderna, ese aparataje actualmente conocido como sistema educacional. Afortunadamente, entonces, Virginia Woolf tuvo esa lucidez de la que nosotros carecemos, por no haber estado sometida a esa formación, a ese adoctrinamiento de la vida en pos del trabajo productivo; su mente no estuvo entonces estructurada en torno a la funcionariedad; su vida estuvo libre de esas restricciones, y es por eso que tuvo la capacidad de hablarnos de la anarquía de los detalles, tanto en su mundo narrativo como en sus ensayos. Nosotros, sobrevivientes de los doce años de escolarización, hijos forzados de la academia, tenemos que desaprender, tenemos que ver la estructura para ver si logramos funcionar sin ella, y quizás, sólo quizás, en un fin de semana en el que haya un poco menos de trabajo inconcluso de la semana, podemos darnos el lujo de contemplar, y quizás, de escribir.

Para luego volver a ser funcionarios. Sí, superamos el obstáculo material de los lugares físicos, pero ese cuarto propio inmaterial de la vida humana, el tiempo-espacio propio, es algo que aún queda por lograr. No defraudemos a Virginia.

M.C.

*Adaptación de ensayo/ponencia que comenta las relaciones entre el ensayo “Un cuarto propio” de Virginia Woolf, el concepto de funcionario acuñado por Héctor Cataldo, y algunas ideas sobre la vida en Grecia presentadas por Hannah Arendt en La condición humana.

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