Crítica libre a la primera mitad de la trilogía erótica de E. L. James (O por qué las cincuenta sombras son más peligrosas de lo que parecen)

Opinar sin saber es muy carepalo, así que sí, es cierto, leí la trilogía hasta la mitad. Un libro y medio. No pude más. Y tengo algunas cosas que decir, para que usted esté de acuerdo o no, o al menos para que tenga un poco más claro si debería ceder a la curiosidad o seguir ignorando el fenómeno sadomasoquista literario y quedarse con la cazuela, a pesar de lo ricas y traviesas que puedan ser las sopaipillas.

¿Definir si es literatura? No me interesa, la verdad. No es mi responsabilidad, y me parece que no es una categorización que pueda ser hecha de manera contemporánea, porque un requerimiento mínimo es la distancia temporal. Discutamos todo lo que queramos sobre lo que se ha escrito desde 1950 hacia atrás; de J. K. Rowling, Suzanne Collins y Stephenie Meyer se encargarán los críticos del futuro.

¿Definir si es buena literatura? Me interesa menos aun. Donde juega el gusto, muere la categorización. La única crítica que puedo hacer en este aspecto es mencionar la pobre (o inexistente) aplicación del principio de verosimilitud. Un solo botón de muestra, para que se imagine el resto: ¿en qué universo, ficcional o no, una estudiante de cualquier carrera de humanidades llega a su graduación sin haber tenido incursión sexual alguna? ¿Sin haberse enamorado? Por favor.

Lo que sí me interesa, porque me preocupa, son las ideas implícitas de las novelas, las ideas que se pueden derivar de ellas, no sólo sobre sexo, sino también sobre los roles dentro de las relaciones de pareja, y sobre el amor heterosexual. ¿Por qué me preocupa Grey? Porque tal como los libros nos inspiran y nos pueden ayudar a ver, también pueden hacernos creer ciertas cosas sobre el mundo, modelar nuestra actitud, funcionar como inspiración para las decisiones que tomamos y la manera en que nos relacionamos con otros. Y siento pánico al pensar en la cantidad de mujeres que andan por ahí leyendo estas novelas, como un simple acto supuestamente travieso que implícitamente está reforzando comportamientos que nos tienen así, como estamos.

Vamos por partes, para que se salte las que no le interesan.

  1. El hombre dañado y la mujer sanadora. Mentira, de principio a fin, y tengo que culpar a Charlotte Brontë y a sus contemporáneas, a pesar de todo lo que las amo –y por lo mismo, tengo que dar una honrosa excepción a Emily Brontë. Porque Christian Grey es eso, ese héroe gótico con el pasado oscuro, el hombre hermético, misterioso y peligroso, el me-asusta-pero-me-gusta que a tantas pone nerviositas. Y su psique está como baño público. Lo que hace E. L. James es usar de manera lamentable el recurso de la sanación, el mismo de Jane Eyre con Edward Rochester; no importa cuántos monstruos contenga este hombre: si lo amo, puedo sanarlo. Si lo amo lo suficiente, si tengo fe y paciencia infinitas, puedo sanarlo. Si hago todo lo que me pide, incluso lo que va en contra de mí misma, un día se sanará y me querrá como yo lo quiero a él. Mentira, de principio a fin, aquí y en cualquier parte. No digo que los hombres dañados no puedan ser sanados, y no digo que el amor no sea capaz de grandes cosas, pero si un hombre dañado quiere y puede sanarse, por favor, adelante: vaya al psicólogo, practique artes marciales, salga a correr, lo que quiera, pero idealmente absteniéndose de depositar su caca en la psique de su pareja. Si una mujer quiere sanar al mundo con una capa ondeando al viento, por favor, adelante: haga voluntariado en una institución de caridad, sea activista en la causa que más le preocupe, vuelque su amor en su familia y sus amigos, pero no se anule a sí misma aguantándole todo al que debería ser su par y no su hijo.
  1. La opción sadomasoquista como desviación. La idea (implícita) cuya función es justificar racionalmente la opción sadomasoquista sexual es que Grey es como es debido a traumas infantiles. Un spoiler cortito: en sus primeros cuatro años de vida, su madre era prostituta y adicta a la pasta base, y el cafiche le sacaba la cresta y de paso maltrataba a Grey también. Salto al presente: Grey sólo puede relacionarse con las mujeres de manera asimétrica: el no hace el amor, sólo tira; el no tiene romances, sólo somete. ¿Posible, en términos causales? Bueno, ya. Uno nunca sabe. ¿La única relación causal posible? No, pues. Porque no es absolutamente necesario que el sadomasoquismo, como opción sexual, sea patológico. El sexo contiene mucho de la parte animal de nosotros, esa que no siempre comprendemos bien, esa que tiene que ver simplemente con gustos y que no siempre es explicable. Se lo digo con comida para que no se ruborice: ¿Es patológico que me guste el pan con manjar y jamón? Ya, yo sé que nada que ver la mezcla, pero pucha, ¿y si me gusta? ¿Quiere decir que estoy enferma? ¿Quiere decir que tengo que cavar en el baúl desagradable de mi infancia y tratar de recordar en detalle todo lo que pasó ese día, cuando usé un cuchillo que tenía manjar para abrir el pan y después le eché jamón? ¿No será mucho? Esa tendencia actual de patologizar todo lo que escapa a la norma es realmente agotadora. Porque mientras todos estemos de acuerdo y a nadie lo estén obligando, si a una pareja le parece que la cosa es más emocionante con esposas, allá ellos, y no hay por qué relacionarlo necesariamente con traumas infantiles. Pero, insisto: siempre y cuando todos estemos de acuerdo y todos sepamos exactamente en qué nos estamos metiendo, y nadie se sienta humillado, y todos estemos conscientes de que estamos jugando un juego que se acaba cuando nos bajamos de la cama.
  1. El sadomasoquismo acaparando los alrededores de la cama. Esta es una de las más preocupantes. Grey no se contenta únicamente con someter a la inverosímil Anastasia en la cama y en la sala de juegos; le psicopatea la vida entera. Le interrumpe las vacaciones con la mamá, le vende el cacharro viejo y le compra uno nuevo, y cuando la niña encuentra su primer trabajo, él simplemente compra la empresa que le dio trabajo. La obliga a comer cuando no tiene hambre, a usar la ropa que él le compra, a abstenerse de hacer ciertos gestos, a tomar anticonceptivos (porque obvio, OBVIO, a Grey no le gustan los condones), y la lista sigue de manera agotadora. Creo que este punto está claro. Si vamos a jugar a que uno domina y el otro obedece, que sea en la cama y que todos lo pasemos bien. Pero no va a faltar la Anastasia de la vida real que piense que para mantener a ese hombre-baño-público a su lado va a permitir que le coarten la vida entera, y peor aun: va a pensar que comportarse de esa manera es irresistiblemente sexy.
  1. El milagro inverosímil del amor. Este es el spoiler más spoiler de todos: en el segundo libro, Grey termina enamorándose de Anastasia, “haciendo el amor”, teniendo un romance, y contándole todas las desventuras de su niñez. Que una psicóloga o un psicólogo me ayuden acá. ¿Es verosímil que Grey se enamore? ¿De Anastasia o de quien sea? Pero espérese, que no es sólo un romance: es un monumento, un monolito, una parada militar de lo cursi, producida, dirigida y montada en honor a Disney y a todas sus princesas parpadeantes. ¿Qué pasó? ¿Los malos también se enamoran?
  1. Erección eterna y orgasmos al por mayor. Espero que no se imagine que hablo sólo desde mi experiencia, porque sepa usted que tengo amigas y amigos con vida sexual nutrida e interesante. Hecha esta aclaración, hay que decirlo: leer los dos o tres primeros polvos de la pareja es eróticamente interesante. Desde ahí en adelante, parece que E. L. James se cansó de jugar con el diccionario de sinónimos y antónimos y recurrió al viejo copiar-pegar. Todos los polvos son iguales. Todos son perfectos. Todos terminan en orgasmos sincronizados, como coreografías. A nadie le dan calambres, nadie tiene sueño, nadie se dobla un dedo, nadie tiene disfunciones eréctiles o problemas de lubricación, nadie despierta con mal aliento, todos saben exactamente qué decir, todos desvisten y se desvisten con gracia y rapidez inaudita, todos acaban en cinco minutos, todos están listos para seguir jugando cinco minutos después. Es como el porno más falso, pero peor. He leído fanfic porno en Tumblr que es superior a los pasajes eróticos de Grey, en muchos aspectos, en forma y fondo, y a pesar de los errores ortográficos. En fin, sin desviarse: esta idea implícita es preocupante para mujeres y hombres por igual, porque deja la vara lejos, allá arriba, donde ningún mortal puede alcanzarla. Si va a leer las novelas por diversión, dele nomás; si las va a leer para “informarse”, mejor hágalo en el mundo real.

Sería todo. Si llegara a interesarme leer la segunda mitad, posiblemente escribiré el resto de este comentario. Lo dudo. Y no, no usaré el doble sentido para decir que esta crítica finaliza aquí.

M.C.

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